La siguiente historia fue publicada en la primera edición del concurso de cuentos Caperucita feroz de 2017.
El fin de semana fui a ver una película de cine animado, la cual me recordó un
episodio de mi niñez. La historia se desarrollaba en India y contaba como una
pequeña niña rompía sin querer un precioso reloj, el cual era un tesoro para su
padre.
Pues bien, a mí me paso algo muy similar cuando tenía alrededor de seis
años en 1990. Mi padre era para ese entonces profesor de la catedra de
comportamiento y salud en un colegio de la congregación de hermanas de la
caridad de santa Ana, donde mis otras dos hermanas mayores y yo estudiábamos. Yo
me encontraba en prescolar y mis hermanas Andrea y Liliana en quinto y décimo
grado respectivamente.
Las clases de mi padre, de las cuales Liliana era alumna,
se caracterizaban por explicarles a las adolescentes todo lo referente a la
educación sexual y la convivencia en valores, que el colegio de señoritas de
bien debía incluir en su currículo académico para cumplir con las leyes y
políticas educativas que el Ministerio de Educación exigía para ese entonces.
Diez años después, cuando yo estaba en décimo grado, la catedra de
comportamiento y salud que mi padre enseñaba, ya no existía como asignatura
obligatoria y como es de suponer los embarazos en adolescentes aumentaron
durante los años dos mil en el colegio de señoritas de bien.
Pero bueno, no me
quiero aislar mucho de la historia original de la cual quiero hablar. Para 1990,
mi padre, quien es uno de los protagonistas de esta historia recibió como regalo
un feto de quizás tres meses de gestación, cuyo origen desconozco. Mi padre
utilizaba ese feto para mostrar a sus estudiantes como es el aspecto de un
futuro bebé durante el embarazo y como a esa corta edad esta ya casi
completamente formado.
Cuando mi padre llevo aquel pequeño frasco de vidrio en
el cual un feto de quizás 5 centímetros nadaba en un líquido transparente sentí
gran curiosidad; nunca había visto algo así, solo bebés recién nacidos que solo
lloraban y me resultaban algo molestos. Mis padres nos mostraban a mí y mis
hermanos el feto, explicaban su historia tomándolo cuidadosamente, lo cual me
hacía pensar que aquel feto podría ser parte de la colección de un museo.
Mi
madre, quien también para esa época era profesora de primaria, nos ayudaba a mis
hermanos y a mí con nuestras tareas escolares, y también a mi padre, el cual era
un caos organizando todo el material de sus clases, que incluía libros, mapas y
curiosos objetos como lo era aquel extraño feto.
En aquel tiempo no existía
internet y el feto era un objeto no muy común en una casa con cuatro niños, por
lo cual mi madre decidió ubicarlo en un lugar de difícil acceso. Aquel lugar era
una repisa muy alta en la sala de nuestra casa, el cual era solo asequible para
mis padres y quizás para mi hermana Liliana, que más que niña, ya pensaba como
adulta para ese entonces.
Los días pasaban, y el feto seguía en aquel sitio de
difícil acceso para una pequeña curiosa. Un viernes luego de volver del colegio,
mi madre salió con mi hermana Andrea donde una vecina amiga no muy lejos de
donde vivíamos. En casa, mis hermanos mayores Darío y Liliana se encontraban en
sus habitaciones y yo decidí bajar las escaleras silenciosamente para lograr
acceder a aquel feto, el cual se encontraba en una repisa fuera del alcance de
una niña. Tomé una silla del comedor y la coloqué justo al frente de la repisa,
con dificultad subí en la silla y me subí de punticas tratando de acceder a
aquel frasco de vidrio que contenía el feto.
Con mis pequeñas manos temblorosas
toqué el diminuto frasco y lo intenté agarrar con mis flacos y pequeños dedos,
cuando ya por fin lo tenía en mis manos pude observarlo más de cerca, dándome
cuenta que era un niño y que pareciera que se encontrara dormido, no sé si fue
la emoción del momento, o que mis sudorosas manitas hicieron que ese pequeño
frasco se resbalara y cayera en menos de cinco segundos al suelo y se rompiera
en mil pedazos.
Todo lo que siguió a continuación pasó muy rápido, mi corazón
comenzó a latir a mil por hora y un nudo en la garganta estalló inmediatamente
en un grito muy agudo que logró que mi madre y hermana vinieran corriendo desde
la casa de nuestra vecina. Darío y Liliana bajaron las escaleras
apresuradamente, pensando que yo estaba herida y también muy angustiados al
pensar en el posible regaño de mi madre al descubrir que no estaban cuidando a
su hermanita menor.
Mientras tanto, cuando ellos me encontraron, yo aún estaba
sobre la silla llorando al pensar en el regaño de mi padre por haber roto su
“material de trabajo”, y no noté que mi madre y mis hermanos estaban allí
tratando de descubrir que es lo que había pasado. Andrea trajo una servilleta de
la cocina y con suavidad tomó al pequeño feto del suelo, que se encontraba entre
un líquido viscoso y pequeños vidrios rotos, lo miro con algo de miedo y asco y
lo puso rápidamente sobre la servilleta que se encontraba extendida sobre el
comedor.
Mi madre, muy nerviosa trataba de consolarme, me tomo en sus brazos
como un bebé y trataba de ver si me había herido con los vidrios de aquel
frasco, yo no paraba de llorar y ni los consuelos y abrazos de mi madre lograban
calmarme. Mi madre advirtió a mis hermanos no recoger los vidrios del suelo por
temor a que se lastimaran.
Después de un largo rato de tanto llorar, creo que me
quedé dormida y cuando desperté pude explicarle a mi madre lo que había pasado,
le dije que tenía mucho miedo de la reacción de mi padre cuando volviera a casa
y se diera cuenta de lo que había pasado. Ella, con su sabiduría infinita que
por supuesto aún conserva me decía que no debía preocuparme, que lo importante
es que no había resultado herida y que ahora el feto se encontraba en un nuevo
frasco de vidrio, el cual era un poco más grande y anteriormente tenia café.
Algo incrédula, quise ver que efectivamente aquel feto se encontraba completo en
el nuevo frasco, cuando mi madre y hermanos me mostraron el nuevo “hogar” del
feto, este parecía más pequeño y frágil, quizás a esa corta edad no entendía muy
bien que ese feto era simplemente un cadáver de un niño que no llegó a nacer.
Entonces, algo más calmada comprendí que debía enfrentar lo inevitable,
responder ante mis actos y contarle a mi padre lo que había hecho. Mi padre
trabajaba en otros dos colegios. En la mañana salía con mis hermanas y yo a
nuestro colegio de monjas, en la tarde salía a un colegio público y ya en la
noche iba a enseñar a una nocturna, que es un colegio para adultos que no
lograban terminar sus estudios en la adolescencia. Alrededor de las nueve de la
noche, muy cansando después de una fuerte jornada de trabajo, llegaba a ponerse
al tanto de nuestro día y enterarse de alguna travesura de sus hijos más
pequeños.
Mi padre siempre se ha caracterizado por su buen humor y su
temperamento tranquilo, aun así, yo me encontraba muy asustada y cuando él se
encontraba viendo noticias, me acerqué a él y con la voz entre cortada le narré
lo que había pasado en la tarde, al contar lo que había pasado volví a llorar,
recordando los más angustiosos momentos de esa tarde.
Honestamente no recuerdo
muy bien lo que mi padre me dijo, al final no tuvo tanta importancia para él, y
como mi madre me había dicho, lo importante es que no había resultado lastimada.
Mi padre siguió mostrando el feto a sus alumnas, y cuando ya dejó de enseñar esa
asignatura, donó el feto a un colegio de un amigo.
Al recordar este episodio de
mi niñez, le he preguntado a mis padres que recuerdan de lo que había pasado
hace 27 años, curiosamente sólo recuerdan lo mucho que yo lloraba y lo
angustiada que me encontraba.
Al comentar esta historia, Andrea y mi madre
recordaron otras anécdotas similares que tuvieron en su infancia, quisiera
relatar brevemente la historia de mi madre.
Cuando mi madre tenía alrededor de
seis años, quería tomar un libro de la biblioteca de mi abuelo, con su corta
estatura decidió trepar entre los estantes de la biblioteca, sin advertir lo
peligroso que podía resultar, ante un mal movimiento cayó al suelo y parte de
los cristales que protegían los libros de la biblioteca hirieron su pie,
provocándole una cicatriz que aún tiene.
Al igual que yo, mi madre lloraba más
por miedo hacia su padre, que por la herida producida, y cuando mi abuelo la
encontró, el susto para él fue mayor al darse cuenta que su hija estaba herida.
Tanto mi historia como la de mi madre han iniciado más por la curiosidad
infantil; al ser niños queremos resolver muchos misterios y para lograrlo
iniciamos una aventura para poder lograrlo, y aunque nos tropecemos o nos
angustiemos ante el inminente regaño de nuestros padres, nunca dejamos de soñar
y seguir en la búsqueda de respuestas a nuestros interrogantes.
Pues bien, los
invito a no perder esa curiosidad ante la vida y encontrar fascinación por cada
momento y cada experiencia de la cual tenemos el gozo de vivir.
Comentarios
Publicar un comentario