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Huesitos y Kiko


 

Ahora que soy mamá hay cosas que me aterran un poco y me hacen pensar y admirar más a mis padres. Al ver a mis hijos crecer y ver como su personalidad y carácter se forman, me hacen recordar la niña que fui y todos los retos que he tenido que vivir y de lo que le espera a ellos.

Hay cosas como padres que no podemos controlar 100%, y así me esfuerce al máximo no puedo evitar que mis hijos no vayan a recibir ningún sufrimiento en la vida, es parte de lo que ellos deberán aprender y que les enseñará a madurar y crecer.

Aun así, me asusta mucho al ver como en los colegios los niños son víctimas de matoneo y solo espero tener una buena comunicación con mis hijos para que ellos se sientan en la capacidad de confiarme sus tristezas y alegrías, y que yo este allí para poder escuchar y ayudar.

El matoneo puede ser una experiencia traumática en la mayoría de los casos, pero a mí me trajo una amiga del alma a la que quiero como una hermana. No es que pretenda romantizar el matoneo con esta historia, eran otros tiempos y lo más importante yo tuve la capacidad de hablar y mostrar mi inconformismo.

En 1993 estaba en tercero de primaria, desde el segundo año estudiaba en el mismo salón de clases con Carolina, ella había llegado casi a mitad de año al colegio, y la profesora la sentó adelante mío; recuerdo que le presté mis cuadernos para que se adelantara y estudiara por su cuenta los temas vistos, y pues aún llegado a mitad del año escolar, Carolina siempre ha sido brillante, no le cuesta para nada aprender nuevas áreas del conocimiento y siempre fue de las más inteligentes del curso.

Admiraba especialmente su habilidad en los deportes, a mí me iba fatal en educación física y para ella la gimnasia, basquetbol, voleibol y futbol eran lo más sencillo del mundo.

Con el paso de los meses, nos fuimos hacienda amigas a tal punto que entre juegos y confianza me empezó a llamar “huesitos”, la razón de este apodo era porque yo era una niña muy delgada, otras niñas me molestaban diciendo que parecía una niña somalí, como los niños en desnutrición que mostraban en televisión en los 90s, a mí eso no me gustaba, estaba cansada que la gente solo se fijara en lo delgada que era, parecía que por mi figura todos pensaran que era débil e indefensa y sintieran lastima por mí.

Tenía la sensación de que la gente y mi familia creían que era incapaz de lograr la independencia que los niños de mi edad ya tenían, a eso sumado con mi extrema timidez me daba una apariencia frágil y tierna. Yo estaba acostumbrada a que me dijeran que era muy flaquita y la verdad trataba de no poner atención a los apodos de las demás niñas u otros comentarios, pero un día una amiga me dijo que yo podía levantar mi voz y parar ese apodo de “Huesitos”, la verdad no sabía cómo lograr eso, entonces opté por llamar a Carolina “kiko”, utilizando también algo de su propia medicina, pues Carolina de niña era cachetoncita.

Aunque la continue llamando así cuando ella me llamaba huesitos, la verdad no me sentía bien, y quería que simplemente el apodo de huesitos terminara, y fue entonces cuando decidí contar en casa lo que estaba pasando. Mi hermana Andrea, quien tenía 14 años para esa época decidió ayudarme y antes de entrar a una clase de informática me acompañó y llamó a Carolina para hablar con ella, Carolina la miró un poco desconcertada y preguntó que pasaba, no recuerdo bien lo que le dijo mi hermana, pero le advirtió que a mí no me gustaba que me dijeran Huesitos y que por favor parara con ese apodo, Carolina trató de defenderse diciendo que yo le decía “Kiko”, entonces al fin acordamos que no íbamos a usar apodos entre las dos.

A pesar de este episodio no nos peleamos, sino que seguimos siendo amigas, han pasado los años, en algunos momentos en la adolescencia quizás nos distanciamos, pero siempre sabiendo que tanto ella como yo estábamos allí. Hemos emprendido aventuras juntas como cuando decidimos empezar nuestros estudios de maestría en Europa y hemos viajado juntas.

Hemos compartido momentos tristes como la muerte de nuestros padres y corazones rotos, pero también momentos felices en nuestras vidas, celebrado fiestas como navidad y año nuevo; quizás no hablamos todos los días, pero siempre procuramos estar en contacto y siempre estar presente para cuando se necesite. Han sido más de 30 años de amistad, y espero que esta perdure para toda la vida, es una amistad muy especial que incluso me impulsó a llamar a mi hija Carolina.

 

 

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